Nuestro amigo Miguel Pasquau Liaño ha escrito en su blog un artículo que reflexiona sobre las consecuencias que tiene sobre la imagen de las ONG’s los escándalos aparecidos en torno a OXFAM en las últimas semanas.

Me permito reproducir íntegro su texto, en el que cuestiona la doble vara de medir que a menudo usamos para juzgar como sociedad casos como éstos, siendo implacables en unas ocasiones y permisivos en otras.

Espero que os guste.

Seguimos a vueltas con la pureza. El ansia de pureza tiene algo de instintivo, y por eso los niños creen tan fácilmente en el bueno y el malo, lo limpio y lo sucio, la verdad y la mentira. Pero esa ansia puede tornarse en perversión. El fundamentalismo, la inquisición y la intolerancia son monstruos producidos por el sueño de la pureza. En el fondo de esas enfermedades del alma hay algo que me atrevo a calificar como infantilismo, es decir, una visión del mundo deliberadamente simple, por la incapacidad de reconocer su complejidad. Quien odia las mezclas, quien se obsesiona con las manchas, quien ve arruinado uno de sus días porque descubre que ha perdido un botón, acabará empequeñeciéndose. Los puristas son personas que no han sabido salir del pensamiento mítico.

La corrupción (política, moral) tiene dos caras. Una es la estadísticamente inevitable: como nada es puro, salvo desde la cueva de Platón, hay que contar de antemano con las desviaciones, por la misma razón por la que uno mismo, al proponerse sus objetivos y formular sus principios, ha de contar con sus errores y sus culpas. La otra es la estructural y sistémica, es decir, la que lejos de ser una desviación anormal se instala en la normalidad misma y se convierte en imprescindible para que el cuerpo colonizado pueda subsistir. La primera habría que combatirse con naturalidad y la segunda con determinación. Justo lo contrario de lo que tendemos a hacer: la primera provoca sensación de escándalo, y se reacciona con desmesura y exageración, y la segunda apenas se percibe y si se denuncia es sólo en el plano de lo abstracto. La primera desata ansias de fumigación y la segunda una leve contemplación crítica. Y este es uno de los males de nuestro tiempo: la prisa para combatir la mancha y la pausa para enfrentarse a la suciedad global. Así andamos, cada vez más puristas y cada vez más sucios. Propugnando regeneracionismos de lavadora para no cambiar de ropa.

Sé que no es una afirmación bien recibida, pero debo reconocer que pienso que damos demasiada importancia a la corrupción política. Una malversación, un cohecho, una adjudicación de amiguetes fuera de las reglas son un delito, son una buena razón para forzar una dimisión. Pero no, ni mucho menos es este el principal problema político. La honestidad es un dato decisivo para confiar en un político, pero la existencia de casos de corrupción no es lo que más daño nos está haciendo. Más daño hace, por ejemplo, la avaricia que no tiene que transgredir leyes ni cometer delitos para conseguir sus objetivos y dejar un reguero de miseria y exclusión.

Ahora le ha tocado a Oxfam. Los comportamientos despreciables de algunos de sus e empleados o trabajadores (la mayoría de ellos ya despedidos diligentemente por la organización) manchan su reputación, y eso es normal. El problema es que la mancha no deje ver el bosque.

De Oxfam, como de otras muchas ONG’s que canalizan recursos públicos y privados hacia fines de cooperación al desarrollo y atención de la indigencia, habríamos de estar orgullosos como especie. No, no son un reflejo de mala conciencia, no son la expresión moderna de la antigua limosna, son estructuras de solidaridad que se alimentan, multiplicándolas, de millones de pequeñas decisiones que brotan de la parte sana de tanta gente: quien decide dar su tiempo, quien detrae sistemáticamente una cuota de su salario, quien prefiere invertir en proyectos de desarrollo en vez de en diseño de fundas de móvil, quien busca la manera de visibilizar dramas lejanos, quien asiste a una reunión o prepara una charla sobre el hambre o las enfermedades o la explotación de la mujer en el submundo. La estructura genera trigo, aunque no pueda evitar las malas hierbas.

Una marca de coches es sorprendida con trampas para la elusión de controles de emisión de gases y en pocos meses el nivel de ventas de su marca se estabiliza, o incluso crece. Algunos deportistas de los nuestros son acusados de un considerable fraude fiscal, y al siguiente gol ya se lo hemos perdonado. Vienen noticias de paraísos fiscales y buscamos con excitación nombres conocidos para excomulgarlos, pero enseguida se nos olvida que los paraísos siguen ahí porque son necesarios para que el capital tenga sus reposaderos. Un Banco incluye en sus contratos dispuestos para centenares de miles de usuarios cláusulas abusivas, y todo se organiza para que resulte inocuo para su reputación y volumen de negocio. Un gran medio de comunicación es acusado de espionaje, y pelillos a la mar. Ellos saben defenderse de esas pequeñas vicisitudes. Saben que son imprescindibles, y que el plano se inclina a su favor. Sin embargo una ONG tarda en percatarse o en denunciar comportamientos desviados de algunos de sus colaboradores, y ya saltan los apresurados de la pureza. Ya quedan todas las ONG’s tocadas de ala. Ya se aprovecha para desprestigiar eso de la cooperación al desarrollo, que al fin y al cabo es un lujo prescindible. Ya se pone en marcha la fumigadora. Ya pueden desgañitarse, como están haciendo, los responsables de Oxfam, que seguramente no podrán evitar una fuga de fondos hacia los Hogares Sociales patriotas “sólo para españoles”. Ay.

Larga vida a Oxfam.

* Artículo originalmente publicado por Miguel Pasquau el 17 de febrero de 2018 en su blog