Artículo publicado por  Jesús Andreu, Director de la Fundación Carolina

Aprovechando que el 1 de octubre fue el Día europeo de fundaciones y donantes, quizá sea buena ocasión para reflexionar sobre el vínculo entre estas entidades, el conocimiento y el crecimiento económico, ya que para un amplio espectro de fundaciones -entre las cuales se encuentra la Carolina– la correlación entre estos términos es casi redundante, dada la naturaleza de sus actividades y la propia lógica de las sociedades modernas. De hecho, la tesis que sostiene que la fuente fundamental de la prosperidad radica en la mejora de la cualificación no es nueva y se remonta como mínimo a Adam Smith. Sí lo es el papel cada vez más relevante que en dicha ecuación adquieren las fundaciones. Una relevancia que, conviene no olvidar, tardó en consolidarse en Europa.

 

Como es sabido, la mentalidad estatista predominante en el siglo XX entendía que las actividades orientadas al interés general constituían una competencia exclusiva del Estado, visión que implica un claro prejuicio ideológico, obviamente errado: que la iniciativa privada está incapacitada para contribuir al bien común. La cuestión es que hubo que esperar hasta finales del siglo para acreditar una firme presencia fundacional en Europa. En el caso español la ley de fundaciones es muy reciente, de 1994 y su posterior actualización de 2002.

Dejando de lado estos precedentes, lo más interesante es constatar cómo el carácter de muchas fundaciones las hace especialmente idóneas para innovar y situarse en el vértice del liderazgo social. Al ocupar un espacio intermedio entre el mercado y el Estado, están en disposición de reunir las mejores cualidades de ambos mundos y proyectar -en un “sentido de vuelta”- sus buenas prácticas sobre ellos: si por un lado, las fundaciones resultan ágiles gestionando cultura y conocimiento, por otro, demuestran que el ejercicio de la sensibilidad social no es ajeno al espíritu de empresa. Además, tampoco es exagerado afirmar que los avances en responsabilidad empresarial así como en diligencia burocrática son consecuencia -al menos en parte- de la labor pionera desarrollada por ellas. Una actitud de avanzadilla que se extiende al terreno organizacional, toda vez que las fundaciones deben propiciar la integración de la tecnología a sus sistemas de gestión interna.

Si detenemos nuestra mirada en la materia de sus quehaceres, comprobamos que el área de actuación de gran parte de las fundaciones se desenvuelve en una serie de temáticas propias: la cultura y las artes, la investigación y la ciencia, el fortalecimiento institucional, la democracia, la cooperación, la educación, etc. Su denominador común es que configuran el marco indispensable o, dicho en lenguaje kantiano, “las condiciones de posibilidad”, para el afianzamiento del Estado de derecho y el progreso socioeconómico. Tejen la urdimbre que dota de cohesión cívica a la sociedad, robusteciendo las soldaduras de su tejido económico. Y de eso precisamente se trata.

La intermediación de enlace entre la ciudadanía y la innovación empresarial y sociocultural que realizan, cristaliza a menudo en programas de formación de capital humano, que es justo la que determina la prosperidad económica. Sobre ello, la historia está repleta de ejemplos aunque lo que ha evidenciado el mundo contemporáneo es que el verdadero motor radica ahora en la educación superior y de calidad: la que proporcionan universidades, institutos de investigación y escuelas de negocios, es decir, aquellas instituciones con las que la Fundación Carolina colabora de forma estrecha.

Sin menoscabar sus logros, la estructura fundacional española debe seguir creciendo y mirar al futuro. Y, de hecho, las fundaciones más comprometidas con España y Europa tenemos la obligación de adelantarnos al porvenir, promover cambios e influir -en aquellos asuntos que nos conciernen- sobre las agendas de los centros de decisión. Pero no sólo. También tenemos que predicar con el ejemplo y demostrar, a golpe de evidencias, que somos agentes independientes y autónomos, de una contrastada reputación. Es la mejor forma de consolidar nuestra presencia, legitimar nuestro rol y convertirnos en el mejor puente entre la sociedad y las élites culturales, económicas y políticas. Una función perfectamente asumible gracias a la madurez institucional ya adquirida.